AURORA.
El aire helado de Noruega nos recibió apenas la escotilla del avión privado se abrió hacia el paisaje blanco. La nieve caía en copas espesas y suaves, cubriendo las montañas y los pinos de la propiedad familiar como una alfombra de terciopelo. Sostuve a Christopher bien abrigado contra mi pecho, envuelto en su mameluco térmico y una manta de lana espesa que solo dejaba ver su nariz sonrosada y sus ojitos curiosos de cinco meses.
Sebasten me rodeó los hombros, resguardándome del viento,