Mundo ficciónIniciar sesiónAURORA
Abro la puerta de mi apartamento con el cuerpo molido y la mente en modo de supervivencia. No hay tiempo para procesar el cansancio; voy directo al armario, descarto la camisa gigante del desconocido y escojo un traje sastre impecable, de líneas duras, ideal para la reunión. Me maquillo a toda prisa, aplicando corrector con saña sobre las marcas del cuello hasta que desaparecen por completo bajo una capa perfecta de neutralidad.
Tomo mi bolso y mis documentos, lista para salir y dejar atrás la porquería de las últimas doce horas, pero el sonido de una llave girando en la cerradura me congela en seco.
La puerta se abre. Es él.
Marcus entra con esa maldita tranquilidad descarada que ahora me revuelve el estómago. Al verme vestida y a punto de salir, esboza una sonrisa ligera, la misma sonrisa con la que me ha visto la cara durante meses.
—Entrégame las llaves del apartamento —le espeto. Mi voz es un latigazo seco, directo, sin un gramo de la debilidad de anoche.
Él parpadea, desconcertado, deteniéndose a medio paso en el recibidor.
—¿Aurora? ¿De qué hablas? ¿Qué pasa?
—Pasa que sé la verdad —respondo, dándole un paso al frente, acortando la distancia con una fijeza destructiva—. Sé que te revuelcas con tu mejor amigo, Jonas.
La sangre se le borra del rostro en un segundo, pero el cinismo tarda poco en reaccionar. Intenta componer una mueca de absoluta incomprensión, sacudiendo la cabeza.
—Aurora, por Dios, ¿de qué carajos estás hablando? Te estás volviendo loca.
—Marcus, por favor, no te hagas el idiota —lo corto, y mi voz es un témpano que corta el aire del recibidor—. Puse cámaras. Te repito, Los vi.
La palabra «cámaras» cae como una guillotina. El descaro de Marcus se evapora en un parpadeo. Su rostro, siempre perfecto y calculado, se deforma en una mueca de puro pánico. Da un paso hacia atrás, buscando aire, pero la pared del pasillo lo frena. Intenta articular una palabra, una excusa, cualquier mentira de las que tiene ensayadas en su catálogo de infamias, pero no le sale nada más que un silbido ahogado.
—Aurora, yo... —Aclara su garganta, y de pronto la fachada se le cae a pedazos. Da un paso al frente, estirando las manos hacia mí en un ademán desesperado—. Por favor, Aurora. Ven, hablemos. Hablemos cinco minutos, te lo suplico. No es lo que piensas, déjame explicarte cómo pasaron las cosas...
Suelto una risa amarga, seca. Me acomodo la solapa del traje sastre con una lentitud que lo descoloca.
—¿Hablemos? ¿Qué carajos vamos a hablar, Marcus? ¿Me vas a explicar las posiciones? ¿Me vas a decir de quién fue la idea de estrenar mis sábanas? —Doy un paso hacia él, obligándolo a sostener mi mirada, la misma mirada que anoche vio el fuego de un extraño y que hoy no tiene espacio para la lástima.
Él se desploma de rodillas, literalmente. Sus manos buscan mis muslos, intentando aferrarse a la tela de mi pantalón, pero me hago a un lado con un movimiento ágil, dejándolo con los brazos vacíos en el suelo. Sus ojos se inundan de lágrimas, un llanto patético que solo me provoca un asco profundo.
—Perdóname, por lo que más quieras, perdóname —solloza, pegando la frente al piso por un segundo antes de volver a mirarme—. Cometí un error, un maldito error. Estaba borracho, confundido, Jonas se acercó y yo... yo no sabía lo que hacía. Pero te juro que te amo. Te amo a ti, Aurora. Eres mi vida, todo lo que construimos no puede irse a la basura por un desliz. Por favor, no me dejes. No puedo dejarte ir.
—Apártate —le ordeno. Mi tono no es de furia, es de absoluta repulsión—. Apártate de mí. Me repugnas, Marcus. Me provocas unas ganas de vomitar que no te puedes ni imaginar.
—Aurora, escúchame...
—¡Que te apartes, joder! —le grito, y es la primera vez que pierdo el control de mi tono—. No me toques con las mismas manos con las que lo tocabas a él. Y no es solo la mentira, Marcus. No es el simple hecho de que me abrieras los ojos a una farsa de meses. Es la maldita humillación. ¿Qué carajos te pasaba por la cabeza? ¿Qué pensabas mientras me mirabas a la cara, mientras te sentabas a cenar con él y conmigo en la misma mesa? Me usaste de pantalla. Me usaste para esconder tu porquería ante el mundo mientras te revolcabas con tu mejor amigo en mi propio hogar.
Marcus se pone en pie a trompicones, con la respiración desbocada, el rostro rojo y las manos temblorosas. El pánico en sus ojos ya no es solo por perder la relación; es por algo más egoísta. Lo conozco demasiado bien. Sé leer el miedo en sus facciones duras.
—Por favor, Aurora, no le digas a nadie —suplica, y su voz baja a un susurro frenético, casi inaudible—. Te lo ruego, no se lo cuentes a nadie. Mi familia, mi trabajo, mis socios... si esto sale a la luz, me van a destruir. Hablemos, negociemos, quédate con lo que quieras, pero júrame que no vas a abrir la boca. Yo te quiero, te lo juro, de verdad te quiero.
—¿Me quieres? —Lo miro de arriba abajo, diseccionando su desesperación con una frialdad corporativa—. ¿Me quieres y me dejas la duda de si me pegaste una maldita enfermedad? ¿Me quieres y me expones a la peor de las bajezas? No me quieras tanto, Marcus. Tu amor es una maldita enfermedad de la que por fin me acabo de curar.
—No digas eso, por favor. No me dejes así, no me lances al abismo —insiste, intentando acorralarme contra la puerta de salida, bloqueando mi paso con su cuerpo—. No puedes salir de aquí y destruir mi vida sin darme una oportunidad de arreglarlo. No soy un monstruo, Aurora. Solo soy un hombre que se equivocó.
Me acerco tanto a él que puedo oler su miedo. Este tipo es un cobarde. Un parásito que teme perder su reputación más que haber destruido mi confianza.
—Quítate de la puerta —le digo, con una calma que me asusta a mí misma—. No voy a perder mi entrevista de trabajo por limpiar tus lágrimas de imbécil. Tienes exactamente dos minutos para poner las llaves sobre la mesa del recibidor y largarte de mi propiedad. Si cuando regrese encuentro una sola de tus camisas o si me entero de que volviste a acercarte a este edificio, el video no solo lo veré yo. Se lo enviaré a tu jefe, a tu madre y a cada uno de tus malditos contactos de negocios. ¿Te queda claro el voltaje de la situación, Marcus?
Él traga saliva, con los labios trémulos, dándose cuenta de que la Aurora sumisa y complaciente murió cuando abrió los ojos. Esta mujer que tiene enfrente, vestida para matar en un traje ejecutivo y con las caderas marcadas por un desconocido, no va a negociar.
Despacio, con los dedos temblando como hojas, saca el llavero de su bolsillo y lo deja caer sobre el mueble de la entrada.
—Eres una desalmada —murmura con rencor, limpiándose los ojos con el puño.
—No, Marcus —le respondo, abriendo la puerta del apartamento de par en par—. Solo aprendí a defenderme de los traidores. Lárgate.
Lo veo salir con la cabeza baja, arrastrando los pies por el pasillo del edificio, despojado de toda la altanería que usó para pisotearme durante meses.
Cierro la puerta de un golpe seco, paso el cerrojo y me tomo un segundo para respirar. Las piernas me tiemblan, el dolor del cuerpo sigue ahí, pero la rabia me mantiene erguida. Miro el reloj. Voy a llegar a tiempo a mi cita. Nada ni nadie va a joderme el día.







