El cuerpo de Julienne estaba enredado en el mío, su calor era la única calma que conocía desde hacía semanas. Dormía profundamente, con los labios entreabiertos y el cabello cayendo en ondas oscuras sobre la almohada. La luz del sol se filtraba por la ventana, bañándola con un resplandor dorado que resaltaba cada curva de su piel desnuda. Mi pecho subía y bajaba despacio, no porque yo estuviera en paz, sino porque ella lo estaba. Tenerla aquí es una gloria, y que temo perder.
Me incliné apenas,