Después de la noche en la cabaña, regresamos a un Nueva York que ya no nos pertenecía. Las cámaras seguían ahí, pero ya no buscaban al "heredero del imperio". Buscaban al hombre que había destruido su propia casa para salvar su alma.
Me senté en el despacho de los abogados durante días. Firmé documentos hasta que me dolieron los dedos. Estaba entregando las llaves de cada caja fuerte, de cada servidor y de cada propiedad que mi abuelo había conseguido con engaños. No me quedé con nada más que l