Me arrojaron sobre una silla vieja en el centro de la habitación. Bruno se sentó frente a mí, iluminado apenas por una lámpara de aceite que chisporroteaba.
—¿Sabes qué es lo que más me duele, Thomas? —preguntó Bruno, limpiando su arma con un trapo sucio—. Que realmente pensaste que podías ganar. Pensaste que unos cuantos documentos y un poco de moralidad podrían borrar treinta años de poder.
No respondí de inmediato. Miré a los dos hombres que estaban en la puerta. Estaban inquietos. Uno de el