A la mañana siguiente, cuando Lila abrió lentamente los ojos, estiró la mano por instinto hacia el otro lado de la cama. Sus dedos solo encontraron las sábanas frías.
Se incorporó despacio, todavía adormilada, y dirigió la mirada hacia el reloj que descansaba sobre la mesa de noche.
Era muy temprano.
Alfonso ya se había marchado.
Permaneció sentada unos segundos, recordando la discusión de la noche anterior. Quiso convencerse de que solo había salido antes de lo habitual para continuar trabajan