Alfonso entró a la sala de partos como un torbellino, el corazón le latía desbocado en la garganta. El aire estaba cargado de un poder extraño, denso, que le erizaba la piel. Lila estaba sentada en la camilla, inmóvil, con los puños apretados contra la sabana y el rostro bañado en sudor. Una energía brillante emanaba de su cuerpo, como una luz que vibraba desde dentro de su vientre.
—Lila, mi amor… —susurró él, acercándose con cautela.
Apenas rozó su hombro, sintió la fuerza que ella desprendí