Una enfermera se acercó a Alfonso con el rostro pálido por el pánico. —Alfa, por aquí. Necesitamos revisarlo, está sangrando mucho.
Alfonso apenas la escuchó. Sus ojos seguían fijos en el fondo del pasillo por donde se habían llevado a Lila. Dejó que la mujer lo guiara hacia un consultorio cercano, pero su mente estaba en otra parte. Cada grito lejano de Lila le atravesaba el pecho como una daga.
Fuera, Beta Dalton gritaba órdenes mientras los guerreros de la manada repelían a los errantes con