El teléfono de Lila vibró sobre la mesita de noche cuando el cielo aún estaba teñido de gris. Ella abrió los ojos de golpe, con el corazón latiéndole con violencia en el pecho. Al ver el nombre en la pantalla, se incorporó tan rápido que casi se mareó.
—¿Alfonso? —respondió con la voz temblorosa, casi sin aliento.
—Lila… —La voz de él sonó ronca, débil, pero era suya. Real—. Ven. Por favor.
No necesitó más. Se levantó de un salto, se vistió con lo primero que encontró y salió del departamento s