Alfonso vio a Lila estrellarse contra la silla y el mundo se detuvo.
El impacto de su propio acto lo golpeó como un rayo. Sus manos, las mismas que habían protegido a Lila tantas veces, ahora la habían lanzado con violencia. El hechizo que lo envolvía se resquebrajó de golpe. Un dolor agudo le atravesó el pecho, como si alguien le hubiera arrancado el corazón.
—Lila… —susurró, con la voz rota.
Cayó de rodillas a su lado. Sus ojos, por primera vez en semanas, estaban claros. El gris oscuro que