La mañana de la ceremonia de la unión entre Alfonso y Dianni, amaneció bajo un cielo rojo carmesí que parecía sangrar. En el gran salón de eventos de la mansión, las decoraciones eran oscuras y opresivas: cortinas negras caían como sudarios, velas rojas ardían con llamas temblorosas y un altar de piedra negra se alzaba al fondo, rodeado de símbolos antiguos que nadie se atrevía a mirar demasiado tiempo. El ambiente pesaba, cargado de un silencio incómodo. Muy pocos miembros de la manada había