Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlicia Carvalho é uma jovem nutricionista determinada, dona da própria clínica, que tenta deixar no passado uma noite ardente e inesquecível vivida durante uma viagem à Grécia. Naquela noite, ela e um homem misterioso se entregaram a uma paixão sem nomes ou promessas, mas também sem esquecimento. Dois anos depois, já em plena pandemia, Alicia conhece Roberto Assunção, um advogado charmoso e seguro, com quem inicia um relacionamento envolvente. Com desencontros e uma aproximação gradual, o amor floresce entre eles — mesmo com a ausência constante do pai de Roberto, João Assunção, um advogado viúvo e reservado. O que Alicia jamais imaginou é que o homem por quem tanto ansiou e o pai do seu noivo são a mesma pessoa. No dia do casamento, já com os votos prestes a serem selados, João chega atrasado — e ao ver Alicia vestida de noiva, tudo vem à tona. Agora, Alicia carrega um segredo que pode destruir não apenas um casamento, mas uma família inteira. Até onde ela conseguirá esconder a verdade? E quando o amor pelo pai se mistura ao amor pelo filho... que escolha é possível?
Ler maisCapítulo 1.
Minutos antes Bradley Suter había atravesado el edificio que albergaba la nueva compañía que recién había adquirido en New York. Mientras se paseaba entre la multitud de empleados lo observaba todo, con los sentidos completamente alertas bajo su fachada fría y ausente. Nadie ahí tenía idea de todo lo que su mente albergaba: balances, comparaciones, decisiones…
Ser Bradley Suter era mantener mucho en tu mente, siempre. Y lo único que conseguía evitar que su cerebro estallara era su férrea disciplina. La disciplina que conscientemente había roto la noche anterior.Ella había llamado su atención al atravesar la multitud con regio garbo, y entonces, el cuerpo de Bradley había respondido al grácil cimbreo de sus caderas. Power Over Me By Dermot Kennedy sonaba por los altavoces del local y el pulso de Suter adoptó un ritmo primario y profundo cuando la sonrisa de esa chica lo acarició. Tenía el cabello oscuro, la piel rosácea y los ojos más azules que hubiera visto nunca. Su dulce carne lo había acogido muy estrechamente toda la noche, y en sus brazos la agonía, el dolor y la m*****a soledad que llevaban semanas dentro de sus entrañas se habían diluido.—¿Qué piensas?Bradley miró sobre su hombro al imponente ruso que caminaba al parejo de su marcha.Steven Krakov observaba a los empleados que ya ocupaban sus lugares en el estrecho auditorio, sus helados ojos azules atravesándolos como si fueran un láser.—Que dentro de nada nos enteraremos si alguno aquí vale la pena o por el contrario terminarán en la calle lustrando zapatos. Los sacudiré un poco y luego serán tuyos. Steven dirigió al multitudinario courum allí reunido unas cuantas certeras frases de su basto repertorio intimidante, y luego lo presentó. —Señores, toda la industria de acciones y fondos está sitiada —comenzó Bradley—. Pero en este momento aún respiramos y quiero que venzamos lo inevitable…Mientras desplazaba su mirada entre el mar de rostros que se habían convertido en sus empleados, un fuerte estremecimiento sacudió a Bradley y su conciencia de la multitud a quienes hablaba se vio apagada por la profundidad de aquellos azules ojos. Ella dio un brinco cuando lo reconoció y el pánico asomó en su mirada.Su seductora melena negra estaba recogida en una coleta alta, permitiéndole contemplar mejor a los bellos rasgos de su orgulloso y suspicaz rostro. Su sedosa piel había palidecido, pero sus sensuales labios rendían un efervescente deseo que hizo que la sangre de Bradley burbujeara con la misma intensidad que la noche anterior, cuando ambos se habían entregado al arrebato de la más ardiente cópula que había tenido en años.Reuniendo sus reservas de voluntad, apartó su mirada de la joven y prosiguió con su discurso. Sin embargo, todo en él estaba revolucionado por la pulcra belleza de esa chica y lo estimulante que resultaba haberla encontrado en ese sitio.—Yo soy un superviviente —exclamó sintiendo la certeza de sus palabras en cada fibra de su ser, y probablemente ninguno en aquella sala llegaría nunca a saber en qué formas lo era—. Ustedes, ¿son supervivientes? Bueno, en los siguientes dieciocho meses, lo sabremos. Un silencio generalizado fue todo lo que llenó la sala.—La mujer junto a la columna, cabello negro, chaqueta rosa —murmuró a Steven Krakov—. La quiero como mi asistente, consíguela.*** A Emma le temblaban las manos cuando consiguió llegar a su escritorio. Se sacó por los hombros la entallada chaqueta rosa con solapa de pico y la extendió en el respaldo de su silla ejecutiva. —¿Emma Henderson?La joven apartó sus ojos de la pantalla de su ordenador para descubrir al dueño de aquella áspera voz .Ojos azul claro, cabello rubio y muy alto. Nada de fragilidad en sus hombros y su atractivo rostro era una composición de líneas duras y salvajes. —Sí, soy yo.Steven Krakov le dio un vistazo y luego exhaló lentamente.—Bien, sígueme te han ascendido.Emma estaba conmocionada. Por un horrible segundo, solo podía imaginar lo que sus compañeros estuvieran pensando de ella. Lo normal cuando un jefe nuevo llegaba eran los despidos no las promociones. Su respiración se detuvo. Sus ojos muy abiertos cuando echó un furtivo vistazo a su alrededor, para dar un aliviado suspiro al notar que ninguno de los corredores le miraba mal.Después de alisar sus pantalones de sartorial corte, se ajustó al paso del enorme ruso quién ya subía el primer peldaño de la ligera escalera que los llevaría al piso superior. —Te haré unas advertencias acerca de tu nuevo jefe —le comentó mirándola brevemente—. No pierdas el tiempo en adularle. Bradley es un titán de los negocios y lo sabe. Si te llama al móvil, tú contestas enseguida. Todos los minutos de su día están organizados. Y serás tú quien se encargue. Trabajarás hasta caer muerta para que él pueda dirigir la compañía y seguir luciendo increíble. Lo más importante de todo: Si tu jefe se mueve, tú también. No ignores que sus piernas son más largas y le fastidia esperar. No lo hagas esperar —siseó cuando empujó la puerta del formidable despacho de dirección.Los labios de Emma se entreabrieron cuando los fieros ojos verdes de Bradley la miraron desde su altura. Estaba de pie junto a su escritorio y tenía una expresión grave.—Gracias, Steven —murmuró al ruso con brusquedad—. Yo sigo desde aquí.El ruso asintió serio y dejó un folder sobre el escritorio. La puerta se cerró. Y él comenzó a acercarse a ella tan elegante y desenvuelto como el mismo príncipe de las tinieblas.Emma notó que sus fuerzas menguaban un poco más, ese hombre irradiaba un hipnótico poder. Bradley la tocó con venenosa ligereza. Rozó sus pómulos con las puntas de sus dedos, su caricia fue lenta y suave como hecha por una pluma, subió hacia su oreja y descendió por la línea de la mandíbula.Luego, con dos dedos, alzó su rostro.—Te fuiste —dijo con aquel acento inglés tan seductor.Su reclamo la golpeó en las entrañas, y toda su sangre bramó por él. Sin embargo, se las arregló para mantener una fachada fría.—¿Y? Escucha lo qué pasó anoche fue... —Asombroso. —Inesperado. —¿Extenuante? —susurró él.Emma no pudo evitar reír y, en el suspiro siguiente ya la había levantado hacia él, sus labios se habían hecho de los de ella y su lengua rozaba la suya con un apetito voraz.Y ella no se resistía. No tenía fuerzas para alejarse. En su lugar sus dedos se apoderaron de sus hombros, sus labios se abrieron más.Era infinitamente placentero. Su sabor y la sensación de estar en sus brazos. Él la prendía fuego. Pero luego de unos preciosos segundos, Emma tomó conciencia de la realidad y se alejó bruscamente de Bradley.—Fue irresponsable —señaló ella y lo obsequió con una admonitoria mirada.Él negó con la cabeza.—Fue salvaje. Dijiste que sí a todo y te gustó. Sé que quieres eso, ser salvaje.—Sí, fui salvaje. Ambos lo fuimos. Pero lo que comienza tan caliente, se quema rápido y al final solo queda desolación. Debes olvidarlo. Bradley la miraba con los ojos encendidos de pasión.—¿Así de fácil?—Lo que hicimos no lo podemos deshacer, pero es nuestro deber comportarnos de acuerdo a lo que ahora sabemos. Eres mi jefe y seguir con esto no solo es inapropiado, sino peligroso.Un incómodo silencio llenó la habitación. Bradley Suter no era un hombre de quedarse boquiabierto y con la lengua colgando por una mujer hermosa, pero Emma Henderson era especial. Lo había sido desde el momento en que sus ojos cobalto conectaron con los suyos en aquel abarrotado club, y él habría caminado sobre fuego sin importarle nada excepto conseguir a esa bella diablesa.Dios del cielo esa mujer era pura pasión. Ella había ardido en sus brazos apenas la noche anterior, pero ahora solo había desconcierto y aflicción en su mirada. Podía leer lo perdida que se sentía, y eso lo afectó. —Mis disculpas —expresó atribulado.Emma asintió silenciosa.Con disciplina, Bradley, alejó de su mente la cautivadora imagen del cuerpo de Emma balanceándose contra el suyo, y retrocediendo un paso le ofreció una distancia segura. —Bien, deberás estar en tu escritorio a las siete de la mañana. Mis días comienzan muy temprano y…—No seré tu asistente —lo interrumpió con un tono seco y tajante—. No aceptaré el puesto y me iré de tu empresa.—Vamos a ver, Emma, ¿no te parece que exageras? Sé que al besarte hace un momento estuve fuera de lugar, pero en verdad creo que eres un elemento valioso.Emma le miraba silenciosa, desconfiada.—Miré tu expediente. Te graduaste de Finanzas en Columbia, como la mejor de tu clase. Los reportes del supervisor de área solo hablan de tu eficiencia. Piénsalo, ¿quieres? No deberías permitir que lo que sucedió interfiera con tu carrera.—No es solo eso. Me aceptaron en MIT y me iré en dos semanas para comenzar mi posgrado. Solo tenemos que comportarnos hasta entonces.Emma salió de su oficina con paso firme y sin voltear a verle ni siquiera una vez, Bradley sintió que el poco consuelo que había recibido su corazón desde hacía tiempo se iba con ella.…”I want to know who you are, I want your heart to beat for me. I want you sing to me softly, because The I’m outrunning the dark (Quiero saber quién eres, quiero que tú corazón lata por mí. Quiero que me cantes suavemente, porque entonces podré dejar atrás la oscuridad…)” Power Over Me By Dermot Kennedy”…
***
Dez anos se passaram desde o dia em que Alicia, Roberto e João assinaram juntos a certidão que reconhecia oficialmente o que o coração deles já sabia há tempos: eram uma família. Completa. Inusitada. Real.A casa onde viviam era outra — não porque haviam se mudado, mas porque o tempo tinha deixado suas marcas boas. A varanda agora era coberta por trepadeiras floridas, um balanço de cordas e madeira pendia de uma árvore robusta no quintal, e os risos infantis ecoavam como trilha sonora constante.Pietro tinha doze anos e era a mistura viva dos três. Herdara a sensibilidade de Alicia, o senso de justiça aguçado de Roberto e a serenidade encantadora de João. Estela, com nove, era pura luz, como o nome que Pietro escolheu quando ainda era uma criança. Tinha olhos atentos ao mundo, perguntas afiadas e uma forma de abraçar que desarmava qualquer dureza.Aquela manhã de sábado começara com cheiro de café e bolo de laranja saindo do forno. Alicia andava pela cozinha descalça, os cabelos mais
O dia amanheceu sereno, com uma brisa suave entrando pelas frestas da janela e espalhando pelo quarto um cheiro leve de lavanda. Estela dormia tranquila no berço improvisado entre o quarto de Alicia e o de Roberto. Pietro, já mais crescido e falante, tinha passado a noite com os avós, deixando o trio com um raro silêncio — e uma rara privacidade.A casa parecia respirar junto com eles. Cada detalhe da decoração, cada foto na parede, cada brinquedo no chão, carregava história. Um lar construído entre amores improváveis, barreiras vencidas e promessas cumpridas. Mas naquele dia, algo maior os esperava: a formalização daquilo que o coração deles já reconhecia há muito tempo. Uma família.— Tá pronta? — João perguntou, ajeitando o colarinho da camisa clara, os olhos brilhando por trás dos óculos de leitura que ele sempre esquecia no topo da cabeça.Alicia respondeu com um sorriso que era meio nervoso, meio incrédulo, enquanto ajeitava o vestido azul escuro que escolhera especialmente para
O sol ainda não havia se debruçado completamente no horizonte quando o silêncio daquela manhã foi rompido por um gemido abafado vindo do quarto. A cidade ainda bocejava quando dentro da casa de tons claros, aquecido por cortinas translúcidas e móveis acolhedores, o tempo parava. Alicia segurava na mão de Roberto enquanto olhava para João com os olhos marejados de dor e emoção. O momento havia chegado.Ela queria aquele parto em casa. Queria sentir cada parte da vida nascendo com intimidade, acolhimento e amor. Eles haviam se preparado juntos, com cursos, consultas e planos. Pietro estava com a avó materna, levado carinhosamente no dia anterior, quando as contrações se tornaram ritmadas.A sala agora parecia uma extensão do coração daquela família. O colchão no chão, lençóis estendidos, a banqueta de parto, as essências no difusor, a playlist suave de fundo e os dois homens que Alicia amava de verdade, ajoelhados ao seu lado. Roberto fazia compressas mornas, acariciava as costas dela e
O sol de fim de tarde entrava pela grande janela da sala, dourando as cortinas e os brinquedos espalhados por Pietro. No centro do cômodo, Alicia dobrava algumas roupinhas recém-compradas para o novo bebê, sorrindo ao ver os tamanhos minúsculos das peças, tão parecidos com as que Pietro usava pouco tempo atrás. O menino agora corria pela casa com seus dois anos bem vividos, falando sem parar, cheio de perguntas e risadas. Ele era o tipo de criança que preenchia o ambiente com luz — e barulho.João vinha da cozinha com as mãos molhadas, secando-as no avental que ele insistia em usar nas tardes em que cozinhava. Roberto, sentado no chão ao lado do filho, tentava montar uma pista de carrinhos.— Mamãe, o papai João disse que hoje vai ter lasanha! — gritou Pietro, correndo até Alicia e segurando sua perna com força.— Vai sim, meu amor — ela respondeu, acariciando os cabelos do filho. — Mas primeiro, você precisa guardar esses brinquedos, certo?Pietro fez uma careta exagerada, que arranc
A brisa da manhã entrava suave pelas janelas abertas da nova casa. O campo ao redor parecia emoldurar a cena que se desenrolava lá dentro com uma delicadeza quase cinematográfica. Em meio aos móveis de madeira clara e às cores aconchegantes da decoração, Alicia caminhava descalça pela sala, a mão repousando com ternura sobre a barriga já arredondada pela nova gravidez.O tempo tinha passado rápido. Um ano se fora desde que haviam deixado a cidade grande. O antigo apartamento, os olhares tortos no elevador, os cochichos no parquinho… tudo parecia tão distante agora. A nova vida no interior, cercada pela natureza, pelas galinhas da vizinha, pelo cheiro de mato molhado e pelas caminhadas no fim da tarde, era o cenário perfeito para a família que eles estavam construindo — juntos.Pietro, agora com dois anos completos, era o reflexo vivo daquela nova fase. Curioso, carinhoso e falante, corria pela casa como um raio de sol, seus cachinhos balançando, os pezinhos fazendo barulho no assoalho
A luz do sol filtrava-se suavemente pelas cortinas de linho claro, tingindo o quarto com um brilho dourado e morno. A manhã invadia o ambiente sem pressa, como quem respeita o silêncio e a paz de quem dorme. No centro da cama, uma bagunça de corpos entrelaçados respirava devagar, sob uma coberta felpuda cor de creme que parecia abraçá-los ainda mais do que os braços um do outro.João despertou primeiro. Ainda sem abrir os olhos, sentiu o cheiro leve de lavanda nos cabelos de Alicia, repousados sobre seu peito. Uma de suas pernas estava entrelaçada na de Roberto, e por um instante, ele apenas sorriu, em paz. A casa estava em silêncio. Nem mesmo o balbuciar de Pietro vinha da babá eletrônica — talvez ainda dormisse, o que era raro, mas muito bem-vindo naquela manhã especial.Ele não teve pressa de se mover. Com um carinho delicado, deslizou os dedos pelas costas nuas de Alicia, desenhando um caminho imaginário da base da coluna até o ombro. Ela se remexeu levemente, um suspiro escapando





Último capítulo