Cuando llegó a su santuario, la sensación era distinta a la de otras veces. La casa no se sentía como un refugio contra el mundo, sino como un nido para proteger un secreto precioso. Cerró la puerta, dejando el mundo fuera, y se apoyó en ella, con los ojos cerrados y una sonrisa boba en los labios.
Ignoró el teléfono. Ignoró las posibles consecuencias de su huida de la noche anterior. Este momento era solo suyo.
Puso una playlist de música suave, esa que casi nunca escuchaba, y se sirvió una co