El eco de sus propios pasos revotaba en las paredes de la casa. Arianna caminaba como en trance, con las palmas sudorosas y una extraña presión en el pecho. Su cuerpo sentía el peso de los días que había pasado encerrada, curando las heridas físicas que Paolo le había dejado y ocultando las emocionales bajo capas de maquillaje y sonrisas falsas. El mundo a su alrededor se había vuelto borroso, frágil, como si una simple palabra fuera suficiente para hacerlo colapsar.
Ese día se había levantado