Tres días después.
La noche caía con un peso brutal sobre las calles de Palermo, como si el cielo supiera lo que estaba por suceder. El depósito abandonado en Vía Enna se convirtió en el epicentro del infierno esa madrugada.
Greco descendió del auto con una parsimonia que contrastaba con el tamborileo frenético de su corazón. Dante iba detrás, arma lista, mirada firme.
—Tres en la entrada, dos en la parte trasera —murmuró Dante. —No dejes a ninguno respirando —respondió Greco.
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