Casa de campo — Amanecer gris
Ekaterina se despertó con el sonido de la lluvia.
El agua golpeaba las ventanas con la cadencia de un corazón roto.
En la mesa había una taza de café frío y una carta a medio escribir.
La noche anterior había llorado hasta quedarse sin lágrimas.
El nombre de Morózov todavía ardía en su garganta, pero ahora la voz se le había apagado.
Se miró al espejo: ojeras, el labial corrido, los ojos hinchados.
Una mujer cansada de resistir.
Encendió un cigarrillo y caminó hasta el piano viejo.
Sus dedos tocaron una tecla, luego otra.
La melodía salió rota, pero sincera.
—Ya no puedo seguir así… —susurró.
Recordó la última vez que había amado sin miedo.
Su esposo. Sus hijos.
El incendio.
La llamada de su padre que cambió todo.
La traición que destruyó su vida.
Apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—El amor mata —dijo en voz baja—. Y no pienso morir otra vez.
Tomó su pasaporte.
Marcó un número.
—Sí, Ivanov