📍 Moscú — Piso franco, medianoche
El cuarto olía a cigarro rancio y vodka olvidado. Greco entró primero, con el abrigo aún cubierto de nieve. Tiró los guantes sobre la mesa y se dejó caer en la silla de madera. Su respiración era pesada, como si hubiera corrido kilómetros, pero lo que lo consumía no eran las piernas: era el corazón.
Se frotó el rostro con las manos, desesperado.
—No me recuerda… —murmuró con la voz quebrada—. Me miró como a un extraño, Dante… ¡como a un maldito ladrón!
Dante l