El reloj marcaba las tres de la madrugada. La villa dormía, pero en el despacho de Greco la vigilia era un hábito. El León, con los ojos enrojecidos, repasaba una y otra vez los informes esparcidos sobre la mesa: registros médicos incompletos, fotografías borrosas de cámaras saboteadas, listas de transferencias en efectivo.
Dante entró en silencio, acompañado de Morózov en la pantalla del portátil. El ruso, con barba entrecana y voz grave, encendió un cigarrillo antes de hablar.
—Encontramos el