En una pequeña villa en las afueras de Florencia, Nonna Vittoria bajó de un taxi con una cesta de higos frescos. Tocó tres veces una puerta de madera. Le abrió un hombre de rostro severo, barba gris, bastón de marfil.
—Tullio Romano —dijo Nonna, firme como una emperatriz—. Necesito tu ayuda.
El viejo capo la dejó pasar. El salón olía a incienso, whisky añejo y cuero viejo. Ella se sentó frente a él y habló sin rodeos.
—Mi nieto... Greco Leone... ha encontrado el amor. Y eso, Tullio, lo vuelve p