La mañana después del bautizo, la mansión respiraba un aire distinto. El eco de las campanas aún parecía flotar en el ambiente, y la risa de los niños llenaba los pasillos como un bálsamo para las almas endurecidas.
Greco había madrugado. Vestía de manera informal: camisa blanca arremangada y pantalón oscuro. En sus manos llevaba una tarjeta negra, exclusiva, de esas que no conocían límite alguno. Entró en la habitación donde Arianna estaba arreglando a los gemelos y se detuvo a contemplarla en