Puerto de Moscú — Noche
La noche olía a gasolina y metal. El muelle brillaba bajo focos amarillos; contenedores apilados como gigantes dormidos recortaban sombras. En una oficina improvisada junto al muelle, hombres de traje discutían con voces bajas que se clavaban como cuchillos. Volkov entró como dueño del lugar: paso seguro, abrigo de piel, mirada de hielo.
A su lado, Sergei mantenía la postura de guardia. El socio—un hombre de mirada dura y cuentas en paraísos fiscales—no estaba para elogios.
—Tus embarques no salieron a tiempo —dijo el socio, sin saludar—. Mis compradores preguntan, mis hombres exigen. ¿Qué excusa traerás esta vez?
Volkov apoyó la mano en el borde de la mesa, sus ojos eran vasijas de furia contenida.
—Hubo un contratiempo logístico. Esta noche lo soluciono. —La voz no vaciló, pero el gesto de tensar la mandíbula mostró que no todo era teatro.
El socio escupió la amenaza de pronto, con esa calma de quien sabe que huele sangre.
—No quiero excusas, Volkov. Quiero r