Greco no respondió de inmediato. Caminó hacia la ventana. Afuera, la noche caía lenta sobre Nápoles, tiñendo los tejados de un azul sucio. Sus ojos siguieron el perfil de las calles como si pudiera verla a ella, deslizándose entre sombras, con la delicadeza de quien no sabe que el mundo conspira en su contra.
—Si tocan un solo cabello suyo… —murmuró.
—Lo sé —dijo Dante, en tono grave—. Y también lo sabrán ellos.
Un silencio denso se apoderó del despacho. Solo el sonido de un reloj de péndulo ma