Dos días después del último golpe contra la red de Vittorio, el silencio de la villa era un bálsamo extraño para Greco y Dante. El camino hasta la entrada estaba bordeado de olivos, y el sonido de las llantas sobre la grava anunciaba que el hogar, por fin, estaba cerca.
El portón se abrió con el chirrido metálico de costumbre y, al entrar, Greco pudo ver a Arianna en la terraza, con uno de los gemelos en brazos, saludando. Dante, que conducía, soltó una breve sonrisa.
—Parecen un cuadro… uno qu