León sintió cómo Nuria se le escurría de las manos, se había puesto pálida de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz dentro de ella.
—Voy a llamar a un médico —dijo él, buscando el teléfono en la mesita a tientas.
—No. —Nuria le agarró la muñeca, tenía la piel fría—. No quiero más gente aquí, ya hay suficientes rusos armados en el jardín.
—Nuria, estás temblando. Has pasado por mucho estos días y tu cuerpo te está pasando factura.
Ella se sentó en el borde de la cama, respirando hondo pa