Nuria miró su taza con ganas de llorar, no había café solo un té de hierbas verde que olía a césped cortado, extendió la mano hacia la cafetera, pero una mano enguantada se la retiró suavemente antes de que pudiera tocarla.
—El doctor Hoffman ha sido claro, hija —dijo Konstantin desde la cabecera de la mesa, sin levantar la vista de su periódico—. Nada de cafeína porque altera el ritmo cardíaco del feto.
Nuria retiró la mano, frustrada.
—Papá es solo una taza, llevo tomando café toda mi vida.
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