La casa de Lucía está a solo cuatro cuadras de la nuestra.
Pero cuando Elena aparcó el coche delante de la verja blanca, sintió como si hubiera atravesado un país entero.
Sofía seguía en el asiento trasero, abrazando con fuerza a su conejo de peluche.
Un manta cubría sus piernas.
Sus ojos estaban muy abiertos.
Demasiado despierta para una niña enferma.
Demasiado cansada para una niña de siete años.
Lucía bajó primero.
Abrió la verja con rapidez.
Sin preguntar.
Sin mirar a Elena con lástima.
—Va