Elena se despertó antes que todos.
No por costumbre.
Por miedo.
Pero cuando abrió los ojos, el miedo tardó unos segundos en volver a tener forma.
Porque lo primero que vio no fue la libreta roja.
Ni el teléfono.
Ni la denuncia.
Vio a dos niños dormidos en el mismo cuarto.
Sofía estaba de lado, abrazando al conejo.
Mateo, en la cama plegable, dormía boca arriba con el dinosaurio verde sobre el pecho.
En algún momento de la noche, uno de los dos había pateado la manta y ahora una esquina