—Entonces mañana le voy a enseñar dónde guardamos las estrellas.
La frase de Sofía se quedó suspendida en el salón como una luz pequeña y absurda.
Mateo dormía en la fortaleza de cojines con la boca medio abierta y el dinosaurio verde caído sobre la manta.
Sofía, sentada en el piso con las piernas cruzadas, hablaba como si enseñar una caja de estrellas de papel fuera el gesto más natural del mundo.
Y quizás, para ella, lo era.
Elena se arrodilló frente a su hija.
Le apartó un mechón de la frent