La fortaleza de cojines seguía en pie.
Más torcida que antes.
Más pequeña para dos.
Y, sin embargo, ahí estaban.
Sofía de un lado.
Mateo del otro.
Con la caja morada abierta entre ambos y el gato instalado en medio como si le correspondiera por derecho natural supervisar toda negociación entre niños y ruinas.
Elena los miró desde la cocina con una sensación extraña.
No era paz.
No todavía.
Era algo más frágil.
Más insoportable.
La prueba de que la verdad, cuando por fin deja de esconderse, tamb