La mansión Harrington parecía contener el aliento después del desastre de la cena. Los invitados se habían marchado con excusas apresuradas, las sonrisas congeladas y los ojos desviados. Lady Eleanor había intentado suavizar el ambiente con un último brindis tembloroso; Lord Reginald había apretado la mandíbula y desaparecido en su estudio sin decir palabra. Marcela, con la espalda recta y la barbilla alta, había subido la escalera sin mirar atrás.
Gael la siguió.
Sus pasos resonaban en el pasi