La mansión Harrington parecía contener el aliento después del desastre de la cena. Los invitados se habían marchado con excusas apresuradas, las sonrisas congeladas y los ojos desviados. Lady Eleanor había intentado suavizar el ambiente con un último brindis tembloroso; Lord Reginald había apretado la mandíbula y desaparecido en su estudio sin decir palabra. Marcela, con la espalda recta y la barbilla alta, había subido la escalera sin mirar atrás.
Gael la siguió.
Sus pasos resonaban en el pasillo de mármol como disparos lejanos. Ella entró en la biblioteca —el único lugar de la casa donde se sentía mínimamente en territorio neutral, rodeada de libros y no de retratos de antepasados que la juzgaban— y cerró la puerta con un golpe seco que retumbó en el silencio.
Él la abrió de inmediato.
—¿Qué demonios ha sido eso? —Su voz era un rugido bajo, contenido apenas por las paredes forradas de cuero y madera antigua.
Marcela se volvió lentamente, los ojos encendidos como dos brasas.
—¿Eso? —