NARRADOR.
La mansión Harrington en Kensington brillaba bajo los candelabros de cristal Waterford como si estuviera preparada para una coronación y no para una simple cena familiar. Veinte cubiertos de plata, copas de Baccarat, servilletas de lino dobladas en forma de cisne. Todo perfecto, todo calculado para impresionar y, de paso, para recordar a quien no pertenecía exactamente a ese mundo quién mandaba.
Gael, impecable en su traje negro hecho a medida, aguardaba en el vestíbulo con la tensión de un cirujano antes de una operación a corazón abierto. Marcela bajaba la escalera con lentitud deliberada. El vestido que Lady Eleanor le había enviado esa misma mañana (un modelo de seda verde esmeralda de alta costura) le quedaba como un guante, pero ella lo llevaba como si fuera un uniforme de combate: espalda recta, mentón alto, ojos que no pedían permiso.
—Recuerda —le susurró él en cuanto la tuvo cerca, agarrándola suavemente del codo—. Sonríe, habla poco y, por lo que más quieras, no m