NARRADOR.
La mansión Harrington en Kensington brillaba bajo los candelabros de cristal Waterford como si estuviera preparada para una coronación y no para una simple cena familiar. Veinte cubiertos de plata, copas de Baccarat, servilletas de lino dobladas en forma de cisne. Todo perfecto, todo calculado para impresionar y, de paso, para recordar a quien no pertenecía exactamente a ese mundo quién mandaba.
Gael, impecable en su traje negro hecho a medida, aguardaba en el vestíbulo con la tensión