POV SANTIAGO.
No sé en qué momento todo volvió a romperse. No hubo un grito. No hubo una pelea. Solo ese cambio silencioso, casi imperceptible, que se siente cuando te ignoran. Martina dejó de mirarme igual. Dejó de provocarme, de desafiarme, de lanzarme esas miradas llenas de odio que tanto detestaba… y que, en secreto, tanto necesitaba. Ahora solo hay silencio. Y el silencio de Martina no es tranquilo. Es un castigo. Uno que arde lento.
Hace solo unos días, reíamos en la oficina. Compartíamos