Milord quedó helado, desconcertado ante la repentina acción de Azucena. Sus ojos, que momentos antes brillaban con la soberbia de quien cree tener todo bajo control, se abrieron con incredulidad al descubrir aquella daga en sus manos. La mirada del Alfa se clavó en el filo del arma, y un presentimiento oscuro comenzó a enraizarse en lo más profundo de su pecho. Una punzada de sospecha lo recorrió, casi como si la hoja ya le hubiera rozado la piel.
No alcanzaba a encontrar explicación a semejant