Milord soltó su cabello, apartándose por un instante, y Azucena, todavía con la piel encendida, llevó la palma a la mejilla donde ardía el impacto reciente, ese fuego provocado por la bofetada que él le había dado sin piedad.
En ese momento, Milord la observó con ojos opacos y llenos de reproche.
—¿Tantas ansias tenías de estar con un macho esta noche?
No le dio tiempo de responder. Sus manos se cerraron alrededor de los hombros de la loba, obligándola a levantarse y a retroceder hacia el lech