Azucena la observó con asombro. Le resultaba difícil de asimilar la idea de que el Rey Alfa, aquel al que muchos llamaban monstruo, psicópata y demonio, hubiera tenido en consideración las palabras de la Loba Roja. Era un pensamiento demasiado improbable, tan ajeno a la naturaleza de ese hombre que la simple idea parecía absurda. Quiso apartar esa conjetura de su mente y no darle más vueltas.
—Lo único que importa ahora es que tanto usted como yo estamos a salvo. Se lo prometo, Beatriz, nunca v