Con cada murmullo, una presión amarga se instalaba en el pecho de Azucena. Esa sensación le hacía difícil respirar con normalidad, y le humedecía los ojos de manera inevitable. Aunque al principio se había quedado con gusto en la enfermería, ya no se sentía cómoda y ansiaba marcharse. Sin embargo, había recibido una orden directa del Alfa y no podía fallarle.
La hostilidad no cesaba en pequeñas provocaciones. A su paso, algunos lobos y elfos manifestaban su rechazo con gestos sutiles pero const