La cochiquera vieja donde se juntaron no fue elegida solo por su poca luz, sino por la discreción que ofrecía dentro de una ciudad próspera: allí nadie esperaba ver conspiradores revestidos de rabia, porque Sterulia no era tierra de penurias. Cuando el mayordomo irrumpió en la estancia, su presencia apagó las últimas dudas. No era un hombre que hablase por pasión: su voz siempre fue mesurada, y esa noche sonó como la de alguien que ya había decidido de qué lado colocar la balanza.
—No he venido