Ragnar abrió los ojos con incredulidad, sintiéndose desplazado de su eje; la noticia le cayó como un golpe inesperado y sus palabras brotaron atropelladas por la sorpresa y el pavor.
—Gran Alfa, ¿de qué está hablando? ¿Concubina? —exclamó, incapaz de disimular el estupor—. A esa esclava no puede… ¡usted no puede hacer algo así!
La afirmación de Ragnar tenía un tono que oscilaba entre la súplica y la reprimenda: para él aquello no era un capricho inocuo, sino una fractura de las normas que soste