Azucena la observó con asombro. Le resultaba difícil de asimilar la idea de que el Rey Alfa, aquel al que muchos llamaban monstruo, psicópata y demonio, hubiera tenido en consideración las palabras de la Loba Roja. Era un pensamiento demasiado improbable, tan ajeno a la naturaleza de ese hombre que la simple idea parecía absurda. Quiso apartar esa conjetura de su mente y no darle más vueltas.
—Lo único que importa ahora es que tanto usted como yo estamos a salvo. Se lo prometo, Beatriz, nunca volveré a arrastrarla a un peligro semejante.
—Tampoco puedo decir que mis decisiones hayan sido correctas —reveló Beatriz—. Yo elegí llevarte conmigo a la lavandería, fue decisión mía. No debí hacerlo, era una temeridad, pero me resultaba dura la idea de dejarte aquí encerrada, sin la menor compañía. En cualquier caso, al final nada pasó a un extremo mayor, y eso ya es un alivio.
—Lo que más me tranquiliza es que usted está aquí —agregó Azucena—. Créame, lo digo de corazón. Me llena de felicidad