El techo blanco de la unidad de cuidados intensivos no era la inmensidad del espacio ni las paredes doradas del Proyecto Génesis, pero para Valeria Miller, se sentía como una nueva forma de confinamiento.
Sus ojos, entumecidos por años de oscuridad inducida, apenas podían enfocar la luz fluorescente que zumbaba sobre su cabeza con una persistencia irritante.
Intentó mover la mano, pero sus dedos se sentían como plomo fundido, pesados y ajenos, conectados a un cuerpo que apenas recordaba cómo