El sedante que los médicos inyectaron en el torrente sanguíneo de Valeria Miller no tuvo el efecto silenciador que Sebastián esperaba.
Aunque sus extremidades se sentían como si estuvieran sumergidas en mercurio, su mente, forjada en los fuegos de doscientas cincuenta iteraciones digitales, permanecía peligrosamente lúcida detrás de sus párpados cerrados.
Podía escuchar el murmullo tenso de las máquinas, el roce de las batas blancas y, sobre todo, el susurro sibilante de Isabella Thorne discu