La Ciudad de Oro, ubicada en el centro exacto del Sol, no era una construcción de materia, sino de voluntad pura.
Las calles vibraban con una frecuencia que Valeria Miller sentía en sus dientes, un zumbido constante que recordaba al latido de una estrella moribunda.
No había sombras aquí, solo una claridad absoluta que desnudaba los secretos de cualquier alma que se atreviera a caminar por sus avenidas.
Frente a ella, el Coronel Kovic, o la entidad que habitaba su cuerpo, permanecía de pie a