El aire en el Arca de los Refugiados Temporales sabía a salitre y a electricidad estática, una combinación que recordaba a las tormentas de verano en la Tierra que Valeria Miller creía haber perdido para siempre.
Ricardo, o lo que quedaba del hombre que alguna vez fue su colega y amigo, caminaba con una cojera mecánica que resonaba rítmicamente sobre la arena blanca.
Valeria y Mateo lo seguían en silencio, flanqueados por dunas que no eran de arena, sino de cenizas de realidades que los Tejed