La mano que apretaba el tobillo de Valeria Miller no era una proyección holográfica ni una construcción de luz dorada.
Era una mano humana, fría y rugosa, marcada por las manchas de la edad y el temblor de una vida que se apagaba rápidamente.
Valeria sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal mientras miraba hacia abajo, encontrando los ojos de un Sebastián que parecía haber envejecido cien años en el interior de aquel cilindro de cristal.
Huye ahora porque el hombre de luz no es t