El rayo naranja que brotó de la cima de la Alcaldía de Los Ángeles no fue una explosión de fuego, sino una onda de choque lógica.
Se expandió por el horizonte como una aurora boreal cálida, barriendo las nubes de smog electromagnético.
En las calles de Downtown, los Pretorianos que antes se movían con una gracia letal se detuvieron en seco.
Sus ojos carmesí parpadearon, cambiaron a un amarillo vacilante y, finalmente, se apagaron.
Dentro del ático del edificio, el aire estaba cargado de ozon