La columna de la Guardia de Hierro abandonó las ruinas de Los Ángeles bajo un cielo que, por primera vez, mostraba un azul pálido y natural.
Sin embargo, la alegría del triunfo en la Alcaldía se había desvanecido rápidamente. En el centro del convoy, en una ambulancia blindada, Mateo permanecía en un estado de coma inducido.
Su brazo plateado emitía un pulso débil y rítmico, como si estuviera intentando comunicarse con un satélite que ya no existía.
Valeria no se había separado de su lado. Li