El transbordador Ícaro cortó la negrura del espacio profundo como un colmillo de obsidiana.
Atrás quedaba la Tierra, envuelta en el manto esmeralda de Mateo, una joya protegida que se hacía cada vez más pequeña.
Delante, el Planeta Rojo aguardaba, brillando con una luz maligna que parecía latir al ritmo del "Fuego Original" que Sebastián o lo que quedaba de él había activado.
Dentro de la nave, el silencio era denso, interrumpido solo por el zumbido de los motores de plasma y el goteo constan