El interior del USS Halsey olía a salitre, combustible diésel y antiséptico.
En la enfermería de combate, convertida ahora en un quirófano improvisado de alta tecnología, Mateo yacía sobre una mesa de acero.
Las luces halógenas parpadeaban, reflejándose en la filigrana plateada que ahora rodeaba su cuello como una enredadera de metal.
Su corazón, monitoreado por viejas máquinas analógicas, latía con un ritmo errático: bum-bum... clic... bum-bum... clic.
La asimilación ha llegado al pericardi