El transbordador Ícaro vibró violentamente cuando el rayo tractor de la Luna lo arrastró a través de la atmósfera delgada y muerta del satélite.
Valeria, Ricardo y el Coronel Kovic estaban sujetos a sus asientos, observando por las ventanillas reforzadas cómo la superficie lunar, llena de cráteres, se abría para revelar una megalópolis subterránea de una belleza aterradora.
No puede ser... susurró Ricardo, con los ojos fijos en las torres de diamante que se alzaban kilómetros hacia el vacío de