El silencio que siguió a la explosión del núcleo en el Sector Hades no fue de paz, sino de orfandad.
El humo denso y azulado se disipaba lentamente en el pozo donde Sebastián de la Cruz había entregado su último aliento.
Valeria permanecía de rodillas al borde del abismo, con las manos quemadas y la mirada fija en el vacío. No gritó. Su dolor era una piedra fría y pesada en el fondo de su pecho.
A su lado, Mateo temblaba. Sus ojos, que antes reflejaban la curiosidad de un niño, ahora contenía